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domingo, 12 de septiembre de 2010

El crecimiento indefinido de las uñas y el pelo o el gran fallo de la teoría de la evolución


Cuando, hace unos días, presenté el artículo "Las uñas y el pelo como factor desencadenante de la inteligencia", intenté ser lo más "académico posible", aceptando de antemano la llamada "teoría de la evolución" como válida y soslayando el hecho de que un crecimiento indefinido del pelo y de las uñas haría inviable a cualquier especie que padeciera tales defectos genéticos.

Un animal que tropezase con sus pelos y no pudiera usar sus extremidades no hubiera sobrevivido. De hecho, nunca podría haber existido.

Presenté tales taras genéticas como el gatillo de la evolución de la intelegencia. Pero, ciertamente, es un artificio al que recurriría cualquier antropólogo al que se le hiciera directamente la pregunta: "¿cómo pudo sobrevivir un animal al que indefinidamente se le desarrollasen ambas "excrecencias?"

El crecimiento indefinido de las uñas y el pelo en los primeros seres humanos es una más de las evidencias que echan por tierra definitivamente dicha teoría y sobre las que volveremos más adelante.

Desde que Darwin se miró al espejo y vio en él a un mono, el ser humano no ha hecho más que el ídem adhiriéndose a tan simiesca teoría.

Dense cuenta, además, que la seguimos denominando "teoría", teoría de la evolución, y no "ley de la evolución", como sí denominamos, en cambio, a la "ley de la oferta y la demanda", pues sí está demostrado que esta última es una realidad.

Pocos años antes de morir, el premio Nobel Francis Crick (descubridor de la cadena del ADN, junto a James Watson) ya dijo repetidas veces que la evolución desde las primitivas bacterias hasta el ser humano actual no habría sido posible en absoluto en el lapso transcurrido de tiempo y que, aunque hubieran pasado ya miles de millones de años, el ser más evolucionado en la actualidad no debería ser muy superior a una ameba.

La teoría de la evolución tiene más huecos que eslabones perdidos y éste es el más evidente y, por lo tanto, el más oculto a nuestro intelecto, pues teníamos el árbol tan cerca de los ojos que nos impedía ver el bosque.

Aunque, desde hace siglos, el Nuevo Orden Mundial (del que Charles Darwin fue un fiel propagandista) intenta lavar el cerebro del ser humano haciéndonos creer que el Dios creador nunca ha existido, la creación programada del hombre y de las distintas especies por una inteligencia superior se impone y la evidencia aplasta cualquier artificio intelectual.




jueves, 2 de septiembre de 2010

Las uñas y el pelo como factor desencadenante de la inteligencia


Un cuestión intrigante de la fisiología humana es el hecho de que el hombre sea el único animal al que, indefinidamente, le crecen el pelo y las uñas.

Esto, en principio, podría considerarse un grave defecto genético, pues no nos imaginamos a ningún animal que pudiera sobrevivir si indefinidamente le crecieran las pezuñas o el pelo: andaría tropezándose a todas horas consigo mismo y, desde luego, no superaría la prueba de la selección natural de las especies.

Desde el blog del Filóloco proponemos, pues, la teoría de que, lo que en principio supondría un defecto genético que no nos hubiera permitido sobrevivir como especie fue, en realidad, el factor desencadenante del desarrollo de la inteligencia, pues los primitivos homínidos no tuvieron más remedio que pensar sobre el modo de cortar tan molesta y pertinaz tara.

La necesidad de elaborar un instrumental que le permitiera realizar tan cotidiana labor de aseo fue el primer paso de lo que más tarde se constituiría en civilización humana.









viernes, 8 de mayo de 2009

El origen bereber vasco

Es muy curioso lo que nos acaba de contar nuestro buen amigo Tellagorri sobre el supuesto origen bereber de los vascos.

A mí me cuesta creerlo, dadas las totales disimilitudes físicas entre las etnias bereberes y vascas.

Sin embargo, hay referencias históricas que parecen apoyar la hipótesis de Tellagorri (a ver si un día me acuerdo de qué historiador son):

Por lo visto, en los tiempos de las guerras púnicas en España, entre los cartagineses y los romanos, cuentan que un grupo de soldados cartagineses despareció en los pirineos navarros sin que los romanos les hubieran masacrado ni nada similar.

Hay historiadores que plantearon la hipótesis de que esos cartagineses (cuyo origen, como todos sabemos estaba en la actual Túnez), fueron el germen de lo que hoy conocemos como vascos.



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